La discusión por el desarrollo es, en el fondo, una pregunta por cómo garantizar condiciones de bienestar y una vida digna para el mayor número de personas. El desarrollo económico, por su parte, es un concepto más restringido. Se refiere al desempeño agregado de una economía nacional e incluye dos aspectos fundamentales. Primero, implica una transformación de la estructura productiva de un país hacia actividades de mayor productividad y cercanas a la frontera global. Segundo, se trata de un esfuerzo deliberado que una sociedad hace para achicar la brecha que la separa de otros países más prósperos a los cuales procura alcanzar. 

Un país se desarrolla cuando deja de hacer más de lo mismo y cambia lo que hacía antes: adquiere nuevas capacidades productivas y sus ventajas comparativas evolucionan. La innovación está en el centro del proceso de desarrollo. Subir de nivel en términos de desarrollo nacional requiere nuevas ideas, métodos, procesos y tecnologías de producción. Esto es, que el país, en su conjunto, mejore sus capacidades de aprendizaje a la hora de producir y que ese nuevo conocimiento permee gran parte del tejido productivo. Para los países que intentan ponerse a tiro en términos de desarrollo es entonces fundamental achicar la brecha de conocimiento que los separa de la frontera global.

El desarrollo económico facilita asegurar un piso material de subsistencia para todos y mejor acceso a la salud y la educación, resultados consistentes con la idea de una vida digna. Si se dan además otras dinámicas sociales y políticas, la prosperidad de un país puede favorecer otros resultados importantes, como reducir la desigualdad de ingresos o propiciar una mayor equidad de género y, en última instancia, mayor libertad.

El desarrollo no ocurre automáticamente, sino que requiere de un intencionado y sostenido trabajo de coordinación entre actores públicos y privados y de una coalición social capaz de darle dirección y apoyo en el tiempo. A escala nacional, y contra lo que propone la teoría estándar del crecimiento económico, no se pasa desde actividades de baja productividad hacia actividades de alta productividad sólo a través del comportamiento autónomo de individuos y firmas en función de puros incentivos de mercado. De hecho, existen robustas razones empíricas y teóricas para esperar que, en ausencia de acción estatal, ese cambio estructural no ocurra.

En perspectiva comparada e histórica, el desarrollo es un resultado difícil e infrecuente. La economía política ofrece pistas para los países que, como la Argentina, aún necesitan dar el salto desde el ingreso medio al alto. Es especialmente valioso analizar la experiencia de los Estados desarrollistas en el sudeste asiático (Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong), los únicos países del mundo que en los últimos 50 años lograron –sin haber sido beneficiados por el descubrimiento de hidrocarburos o por el ingreso a la Unión Europea– superar el umbral para convertirse en economías de ingresos altos. En la trayectoria de estos países resultó crucial un tipo particular de articulación entre el Estado y el sector privado para moverse hacia sectores de alto valor agregado e intensivos en tecnología. La pregunta que esos casos plantean es cómo replicar ciertos atributos de esas experiencias –en particular, la estabilidad de esas estrategias a lo largo del tiempo– en contextos en los que las condiciones políticas son radicalmente diferentes. 

El desafío en términos de desarrollo es especialmente complejo para países que se encuentran en la trampa del ingreso medio, como la Argentina, Tailandia, Malasia, Sudáfrica, Turquía, Brasil, México o Colombia. Estos casos experimentaron una desaceleración del crecimiento de la productividad, debido a que se agotaron las ganancias que les había otorgado su salto anterior del ingreso bajo al medio. Están “atrapados” porque ya no tienen la posibilidad real de competir con aquellas economías que exportan manufacturas apoyadas sobre salarios bajos ni tienen todavía cómo competir con las economías avanzadas con altos niveles de innovación. Si los países de ingreso medio siguen en el mismo sendero es probable que continúen rezagados. Cambiar de trayectoria requiere necesariamente un salto cualitativo en su perfil productivo y estrategia de inserción internacional y esto, a su vez, implica generar un salto de innovación.  Como la vara global subió desde que estos países ingresaron en la trampa hace más de medio siglo, la institucionalidad requerida para ese salto productivo es más sofisticada que la que fue necesaria para el despegue de los países que alcanzaron el desarrollo más tempranamente. La agenda productiva para salir de la trampa del ingreso medio debe ser coordinada por el Estado y diseñada junto a una coalición de actores socioeconómicos que hagan del desarrollo una prioridad y pueda así sostenerse así en el tiempo. Por lo tanto, la salida de la trampa es más política que económica.