Nota de opinión

Pensar más allá de la coyuntura

Área de Desarrollo productivo y Área de Recursos naturales

16/11/2021 3 min de lectura

Pasaron las elecciones: se abre espacio para debates por fuera de lo coyuntural. ¿Es factible un reframing de la discusión sobre el desarrollo en Argentina? Vale la pena intentarlo: en nuestro país, es urgente hablar del largo plazo. Hay múltiples movimientos posibles. Uno es especialmente oportuno en esta dirección: Argentina puede empezar a pensarse como un país ubicado en la Trampa del Ingreso Medio (TIM). Ese movimiento ofrece un universo de casos comparables distinto al que se usa en el debate público, centrado en la proximidad geográfica o en comparaciones mal formuladas con el Norte Global. Además, trae una nueva lente para reinterpretar el problema del desarrollo tardío y formular alternativas en pos de salir del entrampamiento.

En la actualidad, unos 50 países están en la casilla del ingreso medio. Si de ese conjunto separamos 3 subconjuntos con características muy peculiares (países pequeños, poscomunistas o petroleros), queda un cuarto grupo: países relativamente grandes y/o populosos que desde hace más de 60 años no logran saltar desde el ingreso medio al alto. Argentina comparte ese grupo con Brasil, Chile, Colombia, Malasia, México, Sudáfrica, Tailandia y Turquía.

Se trata de países que, agotadas las ganancias asociadas al salto previo del ingreso bajo al medio, experimentan desde hace décadas una desaceleración del crecimiento de su productividad. Están “atrapados” porque ya no pueden competir con aquellas economías que exportan manufacturas apoyadas sobre salarios bajos (ni esta es una opción atractiva para construir países más igualitarios) y no son capaces todavía de competir con economías avanzadas con altos niveles de innovación.

Este marco señala nuevas prioridades para una agenda de políticas públicas de largo plazo. Exceptuando su extrema volatilidad macroeconómica, hay una serie de rasgos que Argentina comparte con otros países en la TIM y que son cruciales para pensar tales agendas. Se trata, sin embargo, de temas que rara vez son visibilizados en el debate público, en general enfocado en lo idiosincrático y lo anecdótico.

Los países de ingreso medio deben cambiar su trayectoria para superar el estancamiento: esa premisa está en el centro del concepto de TIM. Esto requiere un salto en su perfil productivo y estrategia de innovación e inserción internacional. Como la vara global subió, la institucionalidad requerida para ese salto es más sofisticada que la que necesitaron países que alcanzaron el desarrollo más tempranamente. Las medidas que hacen falta para desplegar capacidades tecnológicas domésticas —mejorar los sistemas de entrenamiento técnico para el trabajo, promover la I+D, crear instituciones público-privadas que establezcan misiones sectoriales, entre otras— son complejas: su implementación requiere tiempo, saber técnico y una constelación de actores. Es por eso que para Argentina, al igual que para los demás países en la TIM —como ha argumentado Ben Ross Schneider (MIT) en múltiples trabajos y en su reciente visita a Buenos Aires— la salida de la trampa es más política que económica.

El problema es político porque es, ante todo, un problema coalicional. La agenda productiva para salir de la TIM debe ser diseñada por un entramado de actores estatales y socioeconómicos que hagan de la innovación y la productividad una prioridad sostenible en el tiempo. Los políticos tienen un rol natural en el forjado de coaliciones, pero es improbable el éxito de estas agendas si empresarios y sindicatos no las impulsan con decisión.

Salir de las discusiones de coyuntura es parte de la salida de esta trampa. La experiencia comparada indica que los pocos países que ingresaron, tardíamente, al desarrollo —generando igualdad y capacidad para competir en mercados internacionales— lo lograron luego de encontrar puntos de convergencia. A tal fin, representantes empresariales y sindicales cedieron algo. Cuando se aquieta la polvareda que en toda democracia vibrante siempre levanta una elección, se reabre una oportunidad para pensar en factores estructurales de economía política que explican dónde estamos. Transformarlos es inevitable para ir hacia dónde queremos ir.

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